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MISCELáNEAS


¿Una niña de 11 años puede tener sexo consensuado?



Fecha: 11/10/2017   18:53  |  Cantidad de Lecturas: 1055

El suceso, que se reportó por primera vez en el sitio Mediapart, ocurrió el 24 de abril en el suburbio parisino de Montmagny




Aquella tarde, la niña siguió a un hombre, que ya se había acercado a ella en dos ocasiones en días anteriores, diciéndole que él “podría enseñarle a besar, y otras cosas”. Fueron a su edificio, donde ella le practicó sexo oral en el pasillo. Luego lo siguió hasta su departamento y tuvieron relaciones sexuales. Posteriormente, le dijo que no hablara con nadie al respecto, la besó en la frente y le pidió que se vieran de nuevo.

En su camino de regreso a casa, la niña llamó a su madre en estado de pánico para contarle lo que acababa de suceder. “Papá va a creer que soy una mujerzuela”, dijo. La madre llamó a la policía de inmediato y presentó cargos por violación. Sin embargo, con base en el artículo 227-25 del código penal francés, el procurador fiscal declaró que “no hubo violencia, coerción, amenaza ni elemento sorpresa” y, por lo tanto, al hombre solo se le podía imputar una “ofensa sexual”, una falta que se castiga con cinco años de prisión, mientras que la violación se castiga con veinte años cuando la víctima es menor de 15 años.

El juicio debía comenzar el jueves pasado, pero se pospuso para febrero. Mientras tanto, la historia enardeció a gente de todo el país. La indignación generalizada me recordó al caso de Jacqueline Sauvage: en 2012 una mujer golpeada por su marido le disparó a este por la espalda y terminó con una sentencia de diez años de prisión (una sentencia muy severa en Francia). El veredicto desató furiosos comentarios de expertos, políticos y del público acerca de cómo el sistema judicial francés había fallado en hacer justicia a los más vulnerables de la sociedad. (El año pasado perdonaron a Sauvage y fue liberada).

Lo que impactó a muchos franceses, más que el encuentro sexual en sí mismo, fue que existiera la posibilidad jurídica de que no se etiquetara al hecho como violación. Si las leyes reflejan las buenas costumbres de la sociedad, ¿qué dice eso acerca de Francia? Comenzaron a circular peticiones y los políticos no tardaron en hacerles eco: la ley debe cambiar.

Durante los últimos veinte años, muchos países europeos han establecido límites de edad más allá de los cuales un menor no puede dar su consentimiento para mantener relaciones sexuales. En Bélgica, cualquier relación sexual con un menor de 14 años se considera violación y se castiga hasta con veinte años de cárcel, o hasta treinta, en casos donde la víctima es menor de 10 años. En el Reino Unido, la edad de consentimiento es de 16 años, pero hay una protección jurídica específica para niños menores de 13 años: legalmente, ellos no pueden dar su consentimiento para la actividad sexual en cualquiera de sus formas. Hay una sentencia máxima de cadena perpetua por “violación, ataque por penetración y por incitar o propiciar que un niño se involucre en una actividad sexual”.

Pero en Francia, siempre y cuando no se compruebe que hubo “violencia, coerción, amenaza o sorpresa” (aun si es menor de 15 años), el coito se considera una ofensa sexual, que es un delito menor y no grave. El juicio se realiza en un tribunal correccional (tribunal de primera instancia para delitos menores), y no en la Corte de lo Criminal (tribunal de primera instancia para los crímenes), que se reserva para delitos graves como el asesinato o la violación.

En 2005, el Tribunal de Casación, la mayor instancia legal de Francia, estipuló que se asume que hubo coerción cuando los niños tienen “muy corta edad”. Esa es una formulación escandalosamente difusa que se ha aplicado en su mayoría a niños menores de 6 años. Lo anterior propicia que los niños mayores de 6 años no estén considerados dentro del delito de violación cuando no puede comprobarse que hubo violencia. También permite que un estado de parálisis por shock, que experimentan muchas víctimas (sobre todo niños), se equipare al consentimiento.

En 2010, una nueva ley puso sobre la mesa el tema de la diferencia de edad entre la víctima y el victimario desde la cual podría haber “coerción moral”, ampliando la noción de fuerza más allá de la violencia física. Pero, nuevamente, no se estableció con precisión la diferencia de edad. En febrero de 2015, el Consejo Constitucional reiteró que la ley francesa “no establece una edad de discernimiento en lo que respecta a las relaciones sexuales: será la corte la que determine si el menor es capaz de dar su consentimiento a la relación sexual en cuestión”.

Cuando se trata de etiquetar los crímenes sexuales, Francia no posee un registro precisamente impecable. Tuvieron que pasar dos siglos para que la ley contemplara los delitos sexuales cometidos contra los menores de edad. El código penal de 1810, que estableció Napoleón, no decía gran cosa acerca de la conducta sexual, “como si la sexualidad no debiera apegarse a la ley”, señaló el filósofo Michel Foucault en 1978. Él condenó el creciente “peso” de la ley que “controlaba” la sexualidad durante los siglos XIX y XX.

Foucault escribió esto a un año de que la crema y nata de la intelectualidad francesa publicara una carta abierta en Le Monde defendiendo a tres hombres acusados de sostener relaciones sexuales con menores de 15 años. La lista de los firmantes incluía a Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Gilles Deleuze, Roland Barthes, Philippe Sollers, André Glucksmann y Louis Aragon. “Consideramos que hay una incongruencia”, decía la carta, “entre la naturaleza anticuada de la ley y la realidad cotidiana de una sociedad que tiende a reconocer la existencia de la vida sexual de niños y adolescentes (si una niña tiene derecho a tomar pastillas anticonceptivas, ¿para qué sirve?)”.

La prohibición, de acuerdo con esa lógica, pertenecía a un orden moral antiguo y se consideraba un honor reconocer que los niños tenían apetitos.

Por fortuna, la cultura convencional se ha alejado de este comportamiento pedófilo-chic. Pero Francia se ha mantenido reacia a definir una edad específica para otorgar el consentimiento y, muy probablemente, se deba a los vestigios que permanecen de la libertad sexual idealizada.

Y vaya que permanecen. Cuando resurgió el caso de Roman Polanski en 2009, recuerdo a un enfurecido Alain Finkielkraut, uno de los intelectuales con mayor exposición en Francia, decir en la radio que la víctima de 13 años de Polanski, Samantha Geimer (de apellido de soltera Gailey), “no era una niña”, ya que había accedido a que la fotografiaran con los senos al descubierto y ello ratificaba la creencia (y quizá la esperanza) demasiado extendida de que las jovencitas y los jovencitos pueden ser muy sexuales a una corta edad.

Yo crecí en París, fui una niña muy libre que jugaba en la calle y usaba el subterráneo. Para cuando cumplí 15 años, ya me había expuesto a más exhibicionistas de los que puedo recordar, a unos cuantos “arrimones” (hombres que se aprovechan de las multitudes para restregarse contra su presa) y a un hombre que me siguió hasta mi edificio para hablar de mis hábitos sexuales cuando yo tenía unos 8 años. Cuando solo soñaba con niños de mi edad, ya estaba familiarizada con la sensación escalofriante de cuando los adultos intentaban meterse en mi vida íntima.

Así es como los chicos de la ciudad crecieron en la época posterior a la “liberación” sexual: navegando con estas interacciones incómodas, sin caer en cuenta de que quizá escapamos de algo peor.

Hoy no puedo mirar por la ventana de un salón de clases que no sea el de mi hija sin que la directora me pida que me comporte. Aun así, aquello que nos horroriza como sociedad y parece pertenecer al sentido común (que cualquier caso de relación sexual con un menor es, por definición, violento) se ha dejado al criterio de la ley para que se examine caso por caso. El abuso en Montmagny debe servir como una llamada de atención moral para Francia.



Fuente:  11 octubre 2017 (nytimes-derf)








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